
Este artículo podría comenzar con aquella frase inmortal que retumbó en nuestros oídos durante meses y que bien podría seguir haciéndolo hoy: «¡Es la economía, estúpido!». Corría el año 1992. Estados Unidos vivía unas elecciones ajustadas. Clinton enfrentaba al veterano Bush padre (el hijo, por entonces, aún estaba haciendo prácticas). Desde aquel entonces, el mundo ha dado tal cantidad de vueltas que ni los más sabios, ni siquiera los tertulianos más osados, se hubiesen atrevido a imaginar semejantes cambios y menos aún los desafíos que hoy nos toca afrontar.
Unos años antes de esa histórica reprimenda electoral, empezaron a borrarse las líneas fronterizas a golpe de tratados comerciales, esos experimentos de integración económica que, según el Profesor Balassa, ya se veían venir desde los años 50. Algunos, como nuestra querida Europa, han salido razonablemente bien, aunque también hubo otros ensayos que terminaron como el rosario de la aurora. En paralelo, como si fuera una burla del destino, nuevas fronteras políticas emergían y viejos muros caían, obligándonos a renovar cada poco esos atlas escolares que ya no sirven ni como recuerdo.
El mundo actual es irreconocible. O, como diría Pablo Neruda, importado para la ocasión: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Con una pizca de nostalgia y sin intención de aburrir al querido lector, el Banco Mundial afirma que, desde aquellos años hasta hoy, gracias a ciertas políticas razonables y un crecimiento económico sostenido, más de mil millones de personas han salido de la miseria absoluta. Cierto es que el camino recorrido no ha sido precisamente un paseo por Piquío; sería un ejercicio de hipocresía y autosatisfacción afirmar lo contrario. Es urgente, por tanto, abrir un debate riguroso—alejado de demagogias y de las charlatanerías populistas—sobre la distribución de la riqueza y la necesidad imperiosa de construir sociedades más justas y cohesionadas.
Es aquí donde reivindico con entusiasmo la figura del economista. Ser economista no es poca cosa; implica una capacidad analítica que se adquiere a base de horas estudiando estructuras económicas con fórmulas matemáticas que parecen hechas para espantar al personal, pero que en realidad nos permiten entender ese frágil equilibrio en que se sostiene nuestra existencia monetaria.
Ahora bien, ¿por qué cuando a un niño se le pregunta a quién llevaría a una isla desierta, nadie piensa en nosotros, los economistas? La respuesta puede que radique en la dificultad que tenemos para explicar nuestra profesión. Permítanme ilustrarlo con una metáfora marítima, aprovechando que escribo estas líneas desde una indeterminada villa del norte con fachada al sur. Un buen economista es como ese marinero que, sextante en mano, calcula la mejor ruta posible. Así somos: medimos, analizamos y recomendamos. Aunque luego algunos políticos hagan exactamente lo contrario.
Parece que solo se acuerdan de nosotros cuando arrecia la crisis, igual que se acuerdan de los médicos cuando sienten punzadas extrañas en el pecho. Olvidan que también estamos ahí para prevenir males mayores. Sí, diagnosticamos problemas y a veces las recetas no gustan, pero eso no cambia el hecho de que, para sanar, haya que cumplir con las prescripciones, aunque sean tan desagradables como un jarabe amargo.

Y pese a esta desmemoria selectiva, los economistas aquí seguimos, sin rencor, conscientes de que el mundo necesita tomar buenas decisiones económicas, especialmente ahora que vienen curvas. Y hablando de curvas, no puedo dejar de mencionar a Europa. Criticada hasta la saciedad, es verdad, pero conviene recordar que seguimos siendo una excepción. Una especie de milagro en un planeta donde el Estado de Bienestar y cierto grado de prosperidad son rarezas, no reglas generales.
Por ello, defiendo firmemente la figura del economista como clave para el futuro que queremos diseñar. Está en nuestras manos evitar que acabemos viviendo como en «El Tercer Hombre» de Graham Greene—cuyo salto al cine fue simplemente magistral—o peor aún, en una de esas distopías baratas que tanto proliferan en las nuevas plataformas audiovisuales.
De momento, el manual del buen economista no existe, aunque falta nos haría. Pero no olvidemos nunca que la vida, al fin y al cabo, no es más que tomar decisiones. Y preferiblemente buenas.
Gregorio Cagigas Ibaseta
Inspector de Finanzas del Gobierno de Cantabria
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