Cada día se toman decisiones que influyen directamente en la vida de millones de personas, desde cómo se gestionan los recursos públicos hasta las políticas que afectan a la educación, la sanidad o el empleo. Sin embargo, la diferencia entre una decisión eficaz y otra capaz de generar un impacto positivo y duradero no depende únicamente del conocimiento o de la capacidad de quien la toma. También influyen los principios que orientan esa forma de ejercer el liderazgo. Por lo tanto, ¿qué significa hoy liderar desde los valores? ¿Hay una fórmula única?
No se trata de una mera cuestión ética, puesto que los valores con los que se ejerce el liderazgo tienen consecuencias prácticas. Determinan cómo se toman las decisiones, cómo se responde a las necesidades de la ciudadanía y cómo se construye la relación entre las instituciones y la sociedad. No es casualidad que la Survey on Drivers of Trust in Public Institutions 2026, encuesta elaborada por la OECD, sitúe la integridad, la capacidad de respuesta o la equidad entre los factores que más influyen en la confianza ciudadana. De hecho, solo el 40 % de la población de los países de la OCDE afirma tener un nivel alto o moderado de confianza en su gobierno nacional, frente a un 43 % que expresa poca o ninguna confianza. En España, la quinta Encuesta sobre Tendencias Sociales del CIS también revela que el 52,8 % de la población considera que hace cinco años confiaba más en los partidos políticos que en la actualidad.
En este contexto, el liderazgo social es mucho más que un cargo de responsabilidad. Se trata de impulsar transformaciones que generen un impacto positivo en la sociedad desde la integridad, la vocación de servicio y el compromiso con el bien común. Desde hace más de sesenta años, la Fundación Botín impulsa iniciativas orientadas al desarrollo social a través de la educación, la ciencia, la cultura y el fortalecimiento institucional y el desarrollo rural, convencida de que el progreso colectivo depende, en gran medida, de las personas que asumen responsabilidades públicas y privadas. Entre ellas, destaca su programa Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina, que promueve el desarrollo de jóvenes líderes comprometidos con una forma de ejercer el servicio público basada en los valores.
Este artículo analiza qué caracteriza al liderazgo en la actualidad, por qué los valores desempeñan un papel esencial en el ejercicio de la función pública y de qué manera la formación de líderes comprometidos con el bien común contribuye a fortalecer las instituciones y generar un impacto positivo en la sociedad.

¿Qué caracteriza al liderazgo social actual?
Liderar nunca ha sido una tarea sencilla, pero el contexto actual plantea desafíos que han transformado profundamente la forma de ejercer el liderazgo público. La transformación digital, el cambio climático, el envejecimiento de la población o las crecientes desigualdades son solo algunos de los retos que obligan a las instituciones a responder a problemas cada vez más complejos, interconectados y cambiantes. A esta realidad se suma otro obstáculo: la confianza ciudadana. Según la Survey on Drivers of Trust in Public Institutions 2026 de la OECD, solo el 39 % de la población considera que participar en consultas públicas puede influir realmente en las decisiones del Gobierno.
Este escenario está redefiniendo el liderazgo. Más allá de la experiencia técnica o la capacidad de gestión, quienes hoy asumen responsabilidades públicas deben desenvolverse en entornos de mayor complejidad, tomar decisiones en contextos de incertidumbre y fortalecer la relación entre las instituciones y la ciudadanía. Si los problemas han cambiado, también lo ha hecho la forma de liderarlos, porque liderar hoy es diferente y ya no existen respuestas únicas para problemas complejos:
- Los problemas públicos ya no son aislados. Decisiones relacionadas con la vivienda, el empleo o la transición ecológica tienen efectos sobre ámbitos tan diversos como la economía, la salud, la educación o la cohesión social. Esta interdependencia obliga a las administraciones a trabajar de forma transversal y a incorporar perspectivas distintas antes de diseñar políticas públicas.
- Las decisiones ya no son definitivas. La transformación tecnológica, los cambios demográficos o la evolución del contexto internacional hacen que muchas decisiones deban adoptarse con información incompleta y escenarios que cambian rápidamente. No es cuestión de buscar respuestas definitivas, las instituciones necesitan capacidad para evaluar evidencias, corregir el rumbo cuando sea necesario y adaptarse a nuevas circunstancias.
- La legitimidad ya no depende solo de los resultados. La eficacia de una política pública no puede medirse únicamente por su diseño, sino también es imprescindible evaluar la confianza que genera entre la ciudadanía. Explicar las decisiones, rendir cuentas y actuar con transparencia favorece una mayor legitimidad institucional y facilita la colaboración social necesaria para afrontar problemas colectivos.
Los valores se han convertido en mucho más que un elemento accesorio del liderazgo, son el criterio que orienta la toma de decisiones cuando las soluciones no son evidentes y el impacto sobre la sociedad es mayor. Preparar a quienes ejercerán responsabilidades públicas en este contexto supone, por tanto, uno de los grandes retos para fortalecer las instituciones y responder a las necesidades de la sociedad.

Líderes con propósito: valores que transforman sociedades
Pero estas capacidades no se adquieren únicamente con la experiencia. Formar líderes capaces de ejercer la función pública desde la integridad, la vocación de servicio y el compromiso con el bien común requiere espacios de aprendizaje que combinen conocimientos, reflexión y práctica.
Con este propósito nació hace dieciséis años el programa Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín, una iniciativa dirigida a jóvenes universitarios con vocación de servicio público que busca fortalecer las instituciones a través de las personas que las integran. Su modelo formativo combina contenidos sobre políticas públicas, ética pública, liderazgo, innovación o sostenibilidad con un marcado componente experiencial.
Además de las sesiones académicas, los participantes trabajan en equipos multidisciplinares, analizan desafíos reales de la gestión pública, desarrollan proyectos de innovación para responder a problemas de su entorno y mantienen encuentros con responsables políticos, servidores públicos y representantes de organismos internacionales. De esta forma, la formación no solo transmite conocimientos, sino que busca desarrollar competencias como la integridad, la capacidad de colaboración, la toma de decisiones, la negociación o la vocación de servicio, todas ellas necesarias para ejercer un liderazgo con impacto social.
El interés creciente por esta propuesta refleja también la importancia que adquiere este modelo de liderazgo entre las nuevas generaciones. En 2025, el programa recibió 17.800 candidaturas procedentes de más de 900 universidades de 21 países, el mayor número desde su creación. Ese mismo año, 32 jóvenes participaron en la edición presencial, complementada por una tercera edición online con 46 estudiantes de 16 países, ampliando así el alcance de la iniciativa.
Su impacto continúa una vez finalizada la formación. La Red Alumni, integrada por 538 egresados, favorece la colaboración entre profesionales comprometidos con el servicio público y contribuye a trasladar esta forma de entender el liderazgo a distintos ámbitos institucionales. Más del 60 % de sus miembros desarrolla su carrera en el sector público y, en 2025, antiguos participantes impulsaron siete programas regionales adaptados a las necesidades de diferentes países latinoamericanos, multiplicando el alcance de la iniciativa.
La trayectoria del programa demuestra que el liderazgo social puede desarrollarse cuando la formación combina conocimientos, experiencia y una reflexión constante sobre el papel que desempeñan las instituciones en la vida de las personas. En este sentido, formar líderes públicos no supone únicamente preparar a quienes asumirán responsabilidades en el futuro, sino contribuir a que las decisiones que afectarán a millones de ciudadanos se ejerzan con una mayor capacidad de respuesta, integridad y compromiso con el interés general. Es ahí donde el liderazgo basado en valores deja de ser un concepto teórico para convertirse en una herramienta de transformación institucional.

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