La cultura como fuerza transformadora: cambiando perspectivas para construir el futuro

Durante décadas, la cultura ha funcionado como un espacio compartido desde el que millones de personas interpretaban el mundo de manera parecida. Determinadas películas, programas de televisión, movimientos musicales, gastronomía o corrientes artísticas no solo entretenían, también ayudaban a construir referencias comunes y formas compartidas de entender lo que ocurría a su alrededor.

Muchas de estas expresiones culturales generaban, además, sentimiento de pertenencia. Las llamadas “tribus urbanas”, por ejemplo, no se definían únicamente por una estética o unos gustos musicales concretos, sino también por maneras similares de relacionarse, expresar inquietudes o posicionarse frente a determinados cambios sociales. Es decir, construían identidades.

Sin embargo, la expansión de Internet y de las plataformas digitales están transformando este modelo. Hoy, el acceso a contenidos culturales es más amplio, rápido y personalizado que nunca. Según datos del INJUVE, el 89,6 % de los jóvenes utiliza Internet para acceder a información, el 79,7 % para actividades recreativas y el 80 % como espacio habitual de relación social. Además, un 85 % reconoce utilizar la red para descargar música o películas.

Esta transformación no solo ha modificado la forma de acceder a la cultura, sino también la manera en que las personas se relacionan con ella. Gran parte del consumo cultural se desarrolla dentro de entornos personalizados, condicionados por algoritmos y sistemas de recomendación que muestran contenidos adaptados y alineados a los intereses de cada uno. Como consecuencia, las experiencias culturales son cada vez más individuales.

Pese a que hoy es más fácil que nunca acceder a contenido cultural, la expansión de los entornos digitales y la personalización de los contenidos están transformando la forma en que las personas se relacionan con la cultura. Al mismo tiempo, surgen nuevas comunidades y formas de participación que plantean interrogantes sobre cómo se construyen los referentes compartidos y los vínculos colectivos. En este contexto, resulta de interés analizar el papel que las experiencias culturales pueden desempeñar como espacios de encuentro, intercambio y comprensión del entorno.

Desde hace años, la Fundación Botín trabaja sobre esta capacidad transformadora de las artes a través de programas e iniciativas que exploran la relación entre creatividad, emoción y desarrollo social. Tanto desde la Fundación como desde el Centro Botín, el arte se entiende no solo como una experiencia estética, sino también como una herramienta capaz de favorecer la observación, la empatía y ofrece nuevas formas de relación con el entorno y con otras personas.

Este artículo analiza algunas de las transformaciones que están experimentando las formas de consumo cultural y aborda algunas de las cuestiones que estas plantean en torno a la construcción de referentes compartidos y las formas de conexión colectiva.

¿De qué manera la cultura transforma la visión de la sociedad?

Durante gran parte del siglo XX, la cultura funcionó como una forma de pertenencia colectiva. Los movimientos musicales, las corrientes artísticas o las llamadas tribus urbanas no solo compartían gustos o estéticas concretas, sino también formas concretas de entender el mundo y relacionarse con los demás.

Hoy, esas formas de identificación son mucho más cambiantes. En una sociedad marcada por relaciones menos estables, identidades más flexibles y entornos digitales en transformación constante, las personas ya no construyen necesariamente su identidad a partir de un único grupo cultural o una única comunidad de referencia.

Este cambio modifica también la función social de la cultura. Muchas expresiones culturales ayudaban a reforzar identidades colectivas relativamente definidas; ahora, gran parte de las experiencias culturales funcionan más como espacios de exploración individual desde los que comprender quiénes somos, cómo nos sentimos o cómo relacionarnos con determinadas problemáticas sociales y personales.

Por eso, muchas propuestas artísticas contemporáneas giran alrededor de cuestiones como la salud mental, la soledad, la identidad o la sostenibilidad. Más que representar una posición colectiva cerrada, el arte se convierte en un espacio desde el que interpretar experiencias personales cada vez más complejas, cambiantes e inciertas. En este contexto, en el informe Artes y emociones que potencian la creatividad de la Fundación Botín, relaciona la creatividad con la capacidad de adaptarse, interpretar la realidad y generar nuevas respuestas dentro de entornos sociales en constante transformación. 

El futuro a través de la cultura: cómo las acciones culturales nos ayudan a avanzar

Esta manera de entender la cultura puede observarse en iniciativas impulsadas por la Fundación Botín y el Centro Botín que utilizan el arte como herramienta para trabajar preocupaciones personales actuales como la identidad, la presión de los cánones sociales, la sostenibilidad o la relación con el entorno. A través de procesos de creación colectiva, experimentación artística y participación, estos programas convierten retos personales en ideas para llevarlos a cabo.

Uno de los ejemplos más representativos es ReflejArte, recurso educativo del programa Educación Responsable de la Fundación Botín presente actualmente en 931 centros educativos de España y varios países de América Latina. A través de las artes visuales y de las exposiciones del Centro Botín, el programa propone utilizar el arte para relacionarse con el entorno desde la observación, la creación y la experiencia personal.

El resultado visible de este trabajo es “Somos Creativos”, la muestra anual que recoge los proyectos desarrollados por el alumnado participante. En su vigésima edición, “Somos Creativos XX. Cambio de rumbo”, más de 2.400 estudiantes de 41 centros educativos de Cantabria trabajaron sobre la desaparición de elementos naturales provocada por la acción humana a partir de la instalación Cooking Sections: Las olas perdidas. Las performances finales desarrolladas dentro del proyecto partieron de esta problemática para pensar en otros elementos naturales que se están perdiendo en una creación artística performática. Tras visitar la exposición, los estudiantes identificaron espacios deteriorados o en riesgo de desaparecer y plantearon formas creativas de plantearon formas creativas de protegerlos y restaurarlos, culminando el proceso con una performance para compartir sus conclusiones.

En esta misma línea se sitúa ON Creación, dirigido a jóvenes con inquietudes creativas que desean desarrollar y expresar sus ideas a través del arte. El programa combina formación en creatividad e inteligencia emocional, talleres especializados y mentorías adaptadas a cada proyecto, acompañando procesos creativos que parten directamente de experiencias personales y preocupaciones muy presentes en la vida de los jóvenes.

Todas estas iniciativas reflejan una misma forma de entender las artes: un espacio en el que explorar emociones, construir nuestra identidad y desarrollar nuevas formas de relacionarnos con el mundo que nos rodea.



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