Artículo escrito por: Valentina Borges (VIII edición), Dylan J. Pereira (XIII edición) e Isabella Andreina Romandini Paris (XV edición)
Este artículo inaugura una serie de reflexiones impulsadas desde la Red del Programa para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina. Reúne las miradas de Valentina Borges (VIII edición), Dylan J. Pereira (XIII edición) e Isabella Andreina Romandini Paris (XV edición), con el propósito de entrelazar puntos de vistas sobre los acontecimientos recientes en Venezuela y los desafíos/oportunidades que estos plantean para la acción pública.
La propuesta no pretende establecer diagnósticos cerrados, sino ensayar una forma distinta de conversación pública, basada en la escucha y el análisis riguroso. Este diálogo se inscribe teniendo en cuenta los principios que orientan al Programa —integridad, vocación de servicio y proactividad— y en una convicción compartida: hay mucha bondad, talento y esperanza para ofrecer a lo público.
Poner de moda ese modo de estar y entender lo público, quizá comience por algo que nos cuesta tanto en días veloces: escuchar con esa curiosidad y asombro que nos devuelve la mirada de un otro.

Sin más preámbulos, solo resta agradecer a nuestra red Alumni por la generosidad y la esperanza que renuevan en cada acción por un mejor servicio público para América Latina y el mundo. Será el primero de muchos temas que pondrán voz, mirada y letras a la red de servidores públicos.
El 3 de enero de 2026: quiebre político, hechos y sentido público
Comenzamos con Dylan que se encontraba en Kosovo cumpliendo compromisos académicos y profesionales.
“Los sucesos del 3 de enero del 2026 en Caracas son una muestra colosal del fracaso de la Política, el Derecho Internacional y la capacidad de las sociedades de canalizar el conflicto, no sólo en la región, sino también en la Aldea Global”, sostiene Dylan. Venezuela es una herida abierta para la democracia internacional y, en especial, para América Latina, que nos duele especialmente a quienes hemos tenido el privilegio de nacer y crecer allí.
“El país de esperanza y estabilidad de mediados y finales del siglo XX se ha desvanecido ante una realidad autoritaria acelerada por una de las peores crisis económicas y humanitarias de la historia contemporánea, pero la resiliencia cívica y democrática —connatural a nuestra nación— ha persistido”.
En esta línea, Valentina puntualiza que, en la madrugada del 3 de enero de 2026, ocurrió en Caracas lo impensable para muchos y lo largamente esperado por otros. En medio de bombardeos, el gobierno de los Estados Unidos ejecutó una operación que calificó de “impecable”: Nicolás Maduro fue sacado del país y trasladado para ser juzgado por una lista de crímenes, entre los que destacan tráfico de droga, narco terrorismo y posesión de armas de destrucción masiva.
Una vez confirmada la autoría de los hechos, prosigue Valentina, resulta inevitable pensar que, aunque una intervención militar había sido considerada por algunos analistas como un escenario posible, pocos venezolanos —que durante casi 27 años se preguntaron día tras día cuándo llegaría este momento— lo imaginaron de esta manera. La reacción fue ambigua: una alegría atravesada por el escepticismo, un temor nacido de la más profunda incertidumbre y un sabor agridulce al aceptar que, quizá, después de tantos años de lucha, si no ocurría así, no habría ocurrido del todo.
A todo esto, Isabella suma una mirada de esperanza: no como ingenuidad ni como consuelo, sino como una forma de estar en lo público cuando los marcos institucionales fallan y la reconstrucción todavía no tiene contornos claros “el servicio público se parece al mar: es incierto, cromático, profundo y expectante. Exige vocación, discernimiento y, sobre todo, la convicción de que, al final del día, todo esfuerzo tiene sentido si se sostiene en la esperanza” Eso fue precisamente lo que ocurrió en Venezuela el pasado 3 de enero: un aumento significativo de la esperanza. Y digo “significativo” porque los venezolanos siempre la hemos llevado con nosotros, incluso en los momentos más adversos, apostando de manera persistente por la recuperación de la libertad”.
Contexto, legitimidad y comunidad internacional
La extracción de Maduro no puede comprenderse sin atender a elementos contextuales clave, sostiene Valentina. El primero es la ilegitimidad de su presidencia tras los resultados de las elecciones presidenciales de julio de 2024. Después de años marcados por distintas formas de represión política, la oposición logró finalmente presentar un candidato: Edmundo González, político y diplomático venezolano de amplia trayectoria, con un perfil orientado a la transición y la paz que el país necesita.
La confirmación de Nicolás Maduro como presidente ilegítimo vino acompañada de una nueva ola de represión dirigida contra cualquiera que se atreviera, incluso de forma mínima, a expresar disenso. A partir de ese momento, prácticas ya conocidas —como las desapariciones forzadas, los encarcelamientos arbitrarios y la anulación de pasaportes— dejaron de ser excepcionales para convertirse en un mecanismo cotidiano de control político. En ese contexto, la posibilidad de una transición interna se volvió cada vez más difusa, y el “#HastaElFinal” de María Corina Machado comenzó a percibirse, para muchos, como una consigna sin horizonte claro.
Kosovo es un país que en febrero cumplirá dieciocho años desde su declaración de independencia en 2008, tras el fracaso de las conversaciones diplomáticas y el rechazo del plan Ahtisaari, introduce Dylan. Hoy cuenta con el reconocimiento de más de cien Estados miembros de la ONU, incluidos Estados Unidos y la mayoría de la Unión Europea, a la que aspira a incorporarse, anhelo consagrado en su Constitución y reforzado por la adopción de múltiples convenios internacionales en materia de Derechos Humanos. En Pristina, la figura de Ibrahim Rugova —el llamado “Gandhi de los Balcanes”— sigue siendo central por su compromiso con la resistencia pacífica y el diálogo como vía de lucha política. La comunidad internacional ha jugado y continuará desempeñando un rol clave en este proceso de state-building, con desafíos significativos, pero también con logros que merecen ser analizados.
Traer esta experiencia resulta pertinente porque, como venezolanos, el intercambio con actores de la sociedad civil, defensores de Derechos Humanos y representantes institucionales permite dimensionar la magnitud del desafío que —salvando las diferencias— enfrenta Venezuela en un proceso transicional ya iniciado, aunque no siempre evidente. Más allá de las diferencias históricas y culturales, la violencia y la confrontación dejan heridas profundas. Los sucesos del 3 de enero de 2026 en Caracas evidencian el fracaso de la política, del Derecho Internacional y de la capacidad de canalizar el conflicto, haciendo de Venezuela una herida abierta para la democracia regional e internacional.
Por otro lado, Isabella señala que, aunque el 28 de julio de 2024 marca un antes y un después por la apuesta a una movilización orientada a un cambio real y tangible, la sociedad venezolana nunca dejó de movilizarse. Recuerda los ciclos de protesta de 2002 y 2003, 2007, 2014, 2017 y 2019 como expresiones reiteradas del malestar acumulado frente a la ausencia de institucionalidad y el progresivo deterioro del Estado, que forzaron a millones de venezolanos a migrar o a resistir desde el interior del país.
Transición, poder y escenarios abiertos
Valentina sostiene que la extracción de Maduro puede interpretarse como un avance hacia una eventual redemocratización de Venezuela. Sin embargo, matiza, hay un largo camino por recorrer: el poder no desapareció, se reconfiguró. Hoy, los hermanos Rodríguez ocupan la cúspide del mando político, administrando una continuidad autoritaria que, aunque con nuevos matices, mantiene intactas las lógicas fundamentales del régimen.
Desde esta realidad se abren varios escenarios posibles, todos condicionados por la relación entre economía y política. El más probable es una estabilidad autoritaria funcional, basada en la atracción de inversión extranjera sin reformas sustantivas del Estado de derecho. Un segundo escenario implicaría mayor presión internacional ante la falta de garantías, acelerando una transición mediante una negociación forzada para nuevas elecciones. Finalmente, existe la posibilidad de una recomposición geopolítica con apoyo de aliados como Rusia y China, que consolide la permanencia de los hermanos Rodríguez en el poder.
Lo cierto es que, la acción militar de EE. UU. es un game changer que ha transformado las reglas del juego, sostiene Dylan. Sin embargo, el desconocimiento de la legitimidad de Maduro no se ha traducido, después del 3 de enero de 2026, en un reconocimiento inmediato de Edmundo González como interlocutor directo y legítimo, lo que se distancia de las expectativas de un amplio sector de la oposición.
Señala también que la noción de “ausencia forzada” invocada por la Sala Constitucional para justificar que Delcy Rodríguez asuma como presidenta encargada deja indefinida la temporalidad de su mandato. En este marco, el sistema político es hoy liderado por ella, un escenario que genera más dudas que certezas. La historia comparada advierte que las transiciones fracasan cuando se subestiman las estructuras de poder o se confunde la salida de un liderazgo con la transformación del sistema.
Servicio público, memoria y esperanza
¿Cuál es el estado de la situación actual? Isabella se pregunta dónde estamos hoy y sostiene que Venezuela atraviesa un proceso transitorio con reglas del juego claras, cambios controlados en los poderes públicos, excarcelación de presos políticos y una administración temporal de activos petroleros por parte de Estados Unidos. Afirma que estos avances continuarán de forma gradual hasta que el país recupere la capacidad institucional necesaria para un gobierno de transición liderado por María Corina Machado, a quien presenta como una figura clave por su integridad, entendida como coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Por su parte, Dylan agrega que Estabilización, Recuperación y Transición son las tres fases para Venezuela expuestas por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, en línea con los enfoques de O’Donnell, Schmitter y Morlino sobre procesos multidimensionales de transición. Estas etapas incluyen la apertura política, social y económica, el diseño de un nuevo marco legal-institucional que garantice elecciones justas y un proceso de consolidación basado en un compromiso cívico compartido y el respeto vinculante del Artículo 5 de la Constitución. Este camino exige un gran pacto político que incorpore a todos los sectores y establezca mecanismos de justicia, reparación y verdad, retomando el principio de lealtad democrática planteado por Juan Linz.
Asimismo, sostiene que la libertad total e incondicional de todos los presos políticos es un paso medular para transformar el antagonismo social en una lucha agonística, en términos de Chantal Mouffe, que habilite el pluralismo, la deliberación pública y una recuperación económica apoyada en inversiones y alianzas público-privadas que sostengan una transformación política estable en el tiempo.
¿Escenario futuro?
¿Qué tipo de liderazgo público necesita hoy Venezuela para iniciar una reconstrucción institucional real?, se pregunta Valentina, y sostiene que no existen atajos: no se trata de una transición sencilla ni inmediata, y asumirlo es un ejercicio de madurez política. Propone una resiliencia consciente, que combine optimismo con realismo, y advierte que este momento exige cautela: reconocer la magnitud de los hechos no implica normalizar la excepcionalidad ni celebrar la fragilidad del orden internacional de derecho. La transición, señala, requerirá un largo proceso de sanación colectiva, ya que la reconstrucción será también humana: recuperar la identidad, reconstruir la confianza y resignificar lo público desde la vocación de servicio. El liderazgo necesario no será mesiánico ni inmediato, sino sostenido y paciente, entendiendo que la democracia no se decreta, se reconstruye.
Por su parte, Dylan remarca que los valores de la red —integridad, vocación de servicio y proactividad— deben enmarcar la nueva vanguardia política que el país demanda, impulsada por una generación dispuesta a poner su experiencia y conocimiento al servicio de la nación. Afirma que Venezuela debe volver a ser un lugar seguro para todos los venezolanos y que la tarea en curso trasciende al país: pese a los obstáculos, es corresponsabilidad de todos, junto a aliados regionales e internacionales, construir una “vía venezolana” que permita recuperar un rol de vanguardia, desarrollo y progreso en un mundo marcado por la incertidumbre.
Finalmente, Isabella enfatiza que Venezuela necesita que más de los mejores se dediquen al servicio público para reconstruir un país profundamente deteriorado en su institucionalidad, Estado de derecho, garantías democráticas, cultura ciudadana y uso responsable de los recursos. Reconoce que el camino no ha sido fácil, pero subraya el valor de los aprendizajes acumulados: la unidad, la adaptación, la confianza en las personas y la capacidad de reinventarse. En ese proceso, sostiene, la esperanza ha sido saber esperar con fe, manteniendo viva la convicción de que valía la pena seguir, y rindiendo homenaje a quienes apostaron antes por lo que hoy comienza a hacerse realidad.
Conclusión
El 3 de enero de 2026 introduce un punto de inflexión en la historia reciente de Venezuela, sin cerrar todavía el ciclo de crisis que atraviesa el país. Las tres miradas aquí reunidas coinciden en que el momento actual combina apertura e incertidumbre: se reactivan expectativas de cambio, pero persisten estructuras de poder que condicionan cualquier transición. El desafío es, ante todo, político y humano. Implica asumir que la reconstrucción democrática será un proceso gradual, exigente y sin atajos, que requerirá liderazgo íntegro, liberación plena de los presos políticos, mecanismos de justicia y verdad, y un compromiso cívico sostenido. Resignificar lo público como espacio de servicio, recomponer la confianza y cuidar la institucionalidad serán tan relevantes como cualquier decisión coyuntural. En este contexto, la esperanza no opera como consuelo ni como promesa inmediata, sino como una forma responsable de acción colectiva orientada a transformar esta apertura en una transición democrática viable y duradera.
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Este artículo final se ha elaborado en base a los artículos individuales de los siguientes alumni:
